El Bicho

Al bebé que matamos le gustaba desayunar nuggets de pollo. Por un par de semanas mi apetito era demasiado pero mi mente se negaba a hacer la relación con mi periodo atrasado. 

Los domingos eran día de estar en familia, o sea que yo dormía en casa de Javier. Desde hace algunos meses nos habíamos comenzado a identificar como una pequeña familia de dos, quizá porque la palabra pareja es demasiado intimidante para un par de entes que comparten la cama pero casi no tienen sexo. En el fondo los dos sabíamos que podíamos cortar en cualquier momento y si bien los matrimonios no son eternos, las familias sí lo son. 

En la mañana desayunábamos juntos, algo de fruta, un par de panecillos con queso y un té. Té chino, del que huele a palomitas. A él no le encantaba, pero ceder ante mi gusto era una de las pocas formas que le quedaban para hacerme el amor. Y sin embargo,  el amor ya estaba hecho. Yo lo creaba seguido cuando a pesar de detestar el aroma y el sabor de la papaya, me levantaba para picarla en cuadritos que el Javi se comía con un poco de granola. Yo cortaba su papaya, pero él hace mucho que no picaba la mía. Luego me enteré que creía que apestaba. 

Después yo abordaba mi camioneta rumbo a Santa Fe, pero lo que normalmente hubiera sido suficiente desayuno a mi cuerpo le parecía un tentempié. Llegaba a la Ibero, pasaba a Capeltic y compraba unos nuggets de pollo que me calentaban en el microondas para que después yo les agregara una bolsita de salsa cátsup, que el mesero al igual que ochenta por ciento de la población mexicana, pronunciaba misteriosamente como cápsup. Eran las 11 a.m.

Cuando acababa mi clase de dos horas, iba a mi departamento donde dormía por lo menos ochenta minutos. Cuando ya viven en la superficie lo quitan, pero antes de nacer, los bebés te ordenan sueño. O por lo menos eso fue lo que hizo el mío. 

Alguna tarde parte de la negación dejó de controlar mi vida. Si había un embarazo era mejor saberlo enseguida. Compré una prueba casera que costó algoasí como $200. Leí las instrucciones y oriné en ella. Esperé. Esperé. Esperé. Espero. Empeoré.  Esperé. 

Pasaron los minutos necesarios y la revisé. La marca no estaba del todo clara, una raya y media. Mi cerebro me engañó otra vez y festejé que no había embarazo, puse música en un volumen alto y bailé por todo el departamento hasta llegar a la cocina. Después me entró la duda, volví a checar la caja y noté que me había equivocado. Estaba embarazada. Dirían los vulgares: embarazadísima. 

No podía llorar,  lo importante era solucionar el problema. Si tenía al niño, cuando fuera adolescente iba a tener que confesarle que antes de que naciera quería llamarlo Problema. Problema Cortés. 

Hablar a algún familiar no era opción, pues entonces el feto se convertiría en un pedo de por vida. Olivia y Carmen eran la opción obvia, pero en mi mente contaban como un familiar. Avancé por mi lista de contactos en el celular y tras un análisis rápido pensé que lo mejor sería hablarle a María. Le marqué y contestó, gracias a un semestre de llorar nuestras penas juntas no fue necesario explicarle mi angustia y no hizo preguntas cuando le pedí que me llevara una prueba de embarazo. 

A los quince minutos sonó el timbre, María era quizá mi amiga más efectiva. Volví a orinar y corroboré el resultado pasado. Mi útero estaba ocupado por un intento de bebé. 

En nuestra relación era la Reina de los Milagros. Primero había logrado que mi novio, un hombre 200 meses mayor que yo me idolatrara en todos los planos posibles menos el sexual. Después hice algo aún mejor; quedé embarazada de ese cabrón que no me deseaba. Chapeau!

Ya no había dudas, el paracaidista amenazaba con llevar a cabo la acción que su padre no había hecho: hacer suyo mi cuerpo. María me dice que lo tenga, que estoy por acabar la carrera y mi novio puede hacerse responsable. Mi novio. Qué ridículo título, el Javi no es mi novio, es mi universo. Quizá lo que dice María es racional, pero dentro de la relación eso no es posible. Sin embargo todo mi ser desea que él también lo quiera. No vamos a tenerlo, pero es imprescindible que él lo quiera. Como cuando vamos a las tiendas de muebles carísimos y aunque ambos sabemos que no nos alcanza para nada, coincidimos en gustos y eso nos hace sentir cerca. Debe de querer comprar el bicho, aunque ninguno se atreva a quitarle la etiqueta porque tenemos la seguridad de que vamos a regresarlo antes de estrenarlo, en este instante me doy cuenta que siempre quise que lo compráramos juntos. Se vería bien en la sala. Es el detalle que le falta a la mesa blanca del comedor. Bichito, bichito. Qué bonito has de haber estado, chiquito. 

Me niego y le digo a María que ser madre no es una opción, no estoy lista. No hay un ápice de mentira en lo que digo, pero lo que también es cierto es que a pesar de su edad, él tampoco lo está. Se lo explicaría a mi amiga, pero prefiero evitarme la predecible cátedra de que si no está listo a los cuarenta y algo, nunca lo estará.  Discutimos qué hacer y me dice que le tengo que contar a Javier. Me da un poco de miedo y siento que me va a regañar. Detesto cuando sale ese lado mío que lo ve con autoridad, como si todavía fuera mi maestro y me pudiera reprobar. Pongo de pretexto que está en clase y mi amiga me dice que si no le digo yo, le dice ella. Entonces le escribo por WhatsApp y le ruego que nos veamos ese mismo día. Quedamos de vernos a las 7 en su casa. Obvio en su casa. Cuando entramos en crisis el Javi la vuelve ajena a mí con tan sólo cambiar un “la” por un “mi”: nos vemos en mi casa, contestó. Otra vez estábamos lejos. Jodidamente lejos. 

Mi niñote está impaciente, quiere que le diga por qué lo obligue a vernos hoy. No sé cómo decirlo, creo que por primera vez en la relación no es porque no sepa cómo comunicarme, sino porque en las películas, cuando llega esta escena siempre la hacen de emoción y no dan la información hasta que se les corta la voz. Tengo que dejar de ver cine gringo. 

-Estoy embarazada.

-¿Qué quieres hacer?

-Ya hice cita en una clínica.

Él recupera el aliento. Noto que no hay una parte suya que lo quiera tener, no lo duda ni un trozo de su uña. La decisión está hecha, pregunta un par de cosas y se mete a la cocina a hacer la cena.  Lo sigo y le confieso que me da un poco de temor sentir culpa después de hacerlo y él se limita a decir que no me de cuerda, que no es un bebé y que no hay por qué sentir culpa. Yo sé que le caga cuando me sale lo católica. Después me reprocha por poner la relación a prueba. 

Le pregunto de qué habla y tengo que hacer un esfuerzo enorme por no llorar ni encabronarme. Como no tengo ganas de vivir el aborto sola, me trago el orgullo como me trago su semen cada dos días. Él no para, me embaracé a propósito para ponernos a prueba, al igual que leí su mail cuando iba a presentarle a mis papás, me la paso poniéndole cuatros, nada me parece suficiente, soy una auto saboteadora. 

Se cae el telón y queda claro que para mi novio no soy más que una mujer de esas que se embarazan a propósito para atrapar a sus parejas. Me doy cuenta que si piensa eso de mi, no me respeta y el pensamiento me recuerda que tampoco me desea. Se van extinguiendo los verbos que me dedica. Me quedo callada, pero la humillación es enorme, nos acostamos a dormir y yo llevo adentro lo que él odia de mí. Como era de esperarse, esa noche tampoco me toca. Dormimos espalda con espalda y mis pezones arden. 

Vamos camino al lugar sin hablar mucho del tema, como si fuera algo tan equis como ir al súper. Quizá lo sea, espero que lo sea. Ahora sé que lo fue. No hay estacionamiento así que me bajo sola para llegar a tiempo mientras Javier busca un lugar para dejar su camioneta.

El edificio, bastante viejo, parece residencial. Un policía me pide que me registre. Siento que sabe a lo que voy a pesar de que sólo digo que voy a consulta. Subo en el elevador y llego a la clínica, hay niños y hasta abuelitas, es un consultorio normal. La izquierda progre ha hecho posible que una pueda deshacerse de un descuido en una clínica con aspecto familiar. Ya sé por quien voy a votar.

La recepcionista pregunta mi nombre y al verificar su lista de citas sabe a lo que voy. Espero un rato y llega Javier que abre un libro de Vargas Llosa, saca sus lentes y se pone a leer. Es una edición muy mona tamaño bolsillo. 

Mi turno, me pasan a un cuarto, preguntan si voy sola y respondo que sí.  La doctora se presenta y hago algo que nunca había hecho; la obligo a mostrarme su cédula profesional. Lo hace y después recita un choro sobre otras opciones. Nada que me haga cambiar de opinión. Pregunta que cuánto tengo y le digo que poco más de un mes, quizá dos. Me hace un ultrasonido. Confirma que estoy embarazada y que el bicho tiene escazas tres semanas. Tuvo el buen gusto de implantarse dentro de mi útero, un embarazo ectópico hubiera sido fatal pero el niño me dio el regalo de la discreción. Nadie se tendría que enterar.

La doctora imprime algo. Es su primera y única foto. No la veo. Para qué. No necesito verlo en blanco y negro para saber que casi existió. A partir de ese día en mi memoria es inmortal. A veces me pregunto si era igual que yo y tenía la manía de salir en todas las fotos con los ojos cerrados. Quizá era como su papá y odiaba que lo retrataran. Qué importa.  Hasta nunca, hijo mío. No es personal pero tanto tu padre como yo te hemos negado. Intenta invadir la vida de otro par. Un par parejo, si puedes.  Un par que no sufra infertilidad de deseo. 

La doctora me explica el procedimiento. Ya que me tome la primera pastilla no hay nada que hacer pues una vez ingerida el bicho corre riesgos detener defectos. Lo único peor que un renacuajo no deseado sería un parásito mal formado. Javier y yo compartimos la idea casi Nazi de que hay humanos defectuosos que deben la condena de su existencia a una falsa moral que interfiere con la ley del más fuerte impuesta por la naturaleza. Quizá sea un pensamiento asqueroso (como nosotros), pero siempre me ha tranquilizado saber que si tuviéramos un hijo, y naciera enfermo, quizá por la edad de su papá, él no me juzgaría por querer librarme de la condena de un niño tarado. 

Me la tomo. No sentiré nada hasta que tome la segunda. Agendamos la siguiente cita y salgo. Intento una sonrisa. 

Javier nota mi presencia y finge que sigue leyendo. O lee muy lento o la consulta no duró nada. Apenas lo necesario para que embarraran mi abdomen de un líquido azul, me masajearan con el aparato con forma fálica y le tomaran la foto al casi hijo. Fue como una entrevista de trabajo fallida en la que no hubo necesidad de preguntar nada más. Total miscast, no doy el perfil de mamá joven. Aún así conservo la esperanza de en su momento ser una MILF. 

Voy con la recepcionista y ahora sí Javier se acerca a pagar los 2 mil pesos que costó mi chistesito. Paga en efectivo y sospecho que le molesta no poder pedir factura.  El recibo sólo dice: medicamento. Me parece atinado, fue la medicina que me curó de no tener un futuro. 

Bajamos por las escaleras y le explico que no me voy a sentir mal hasta la otra pastilla. Contesta algo así como “O.Ca.” y sugiere que vayamos al Videódromo. Todavía existía el Videódromo, todavía medio existía mi no bebé.

Recorremos los pasillos, hay tantas opciones que nunca sé qué escoger. Ya vamos en el segundo piso y aún no me decido por nada. Sé que intenta ser lindo porque insiste en que yo debo elegir qué vamos a ver. 

Elijo el documental sobre Valentino que a Javier le emociona casi tanto como a mí su ex novia. Seguimos nuestro paseo por los pasillos y el inconsciente de mi amorcito decide que el día de la interrupción de nuestro –mí- embarazo es el día ideal para ver “Juno”, esa comedia que me encanta pero que culmina con la gringada moralista de que a los niños no deseados no hay que abortarlos sino darlos en adopción. Le digo que no se me antoja la temática y susurra que lo hizo sin pensarlo. No miente, para él fue sólo el día en que me acompañó al doctor. No era su heredero legítimo al que su noviecita la escuincla mató.

Continuamos el bobeo entre pasillos de devedés. Sugiere algo de los Cohen y creo que es buena idea. Me caería bien una comedia. Su mente vuelve a jugarle chueco, o quizá una parte de él me quiere castigar por no tomarme mis pastillas a tiempo, y entonces, una media hora después, estamos en casa tirados en su cama, mientras en la pantalla inicia “Raising Arizona”. No es hasta que comienza que descubro que es sobre una pareja con tantas ganas de ser padres que se roban un bebé. Fuck that shit! 

Pasan los días que tienen que pasar y es momento de tomarme la segunda pastilla. Hemos decidido que ese día me quede en casa del Javi para que me cuide cuando regrese de dar clases.  Me la trago y luego de unos minutos me siento fatal, si eso son las contracciones ya no quiero ser mamá. El dolor está de la chingada y siento entre coraje y alivio de estar sola. No tengo quien me apapache pero el caos en mi útero tuvo como daño colateral una diarrea y trato de ser positiva pensando que estando sola puedo cagar más a gusto. Excuso su ausencia con mi mierda.  Llevo dos horas retorciéndome en el baño y lo más cercano a un cariñito es rozar mi pie con el tapete de toalla verde que está tan pachoncito que pisarlo descalza es un mini orgasmo. No tengo a quien contarle porque mi familia no sabe y tampoco el 99% de mis amigas. No quiero decirle a María porque va a juzgar a mi novio por no estar junto a mi. Él ni sospecha lo desgastante que es protegerlo de mi entorno pero me agota hacerlo quedar bien. Le escribo a Javier para rogarle que cuando vuelva me traiga dos Gatorades pero no me contesta. Me rehúso a intensearlo. Continúan las molestias. 

Como era de esperarse en algún momento me salió lo ignorante y aunque la doctora e internet fueron claros en que no vería ni un trozo del bicho, no aguanté la curiosidad e inspeccioné el papel de baño sangrado. Nada, ni un dedito de su micro mano. Javier tenía razón, el bicho era una lenteja y no un bebé. Lo único distinto es que sí era mi bebé, mi primogénito. La leguminosa mayor. 

Me da un puto calambre en la pompa, nunca había sentido uno ahí. El dolor me abruma y no logro evitar la caída, me pego con el escusado y luego me retuerzo en el tapete. La libertad de no ser madre me cobró derecho de piso.  Logro controlarme y parece que pasó lo peor, me quedo en posición fetal y por alguna razón comienzo a cantar. 

Los calambres pasaron así que abandono el baño y me meto al cuarto del Javi. O esto es el ojo del huracán, o ya pasó lo peor. Qué sencillo fue truncar una vida a cambio de no truncar la mía. Goodbye baby, baby goodbye. Suena el timbre. Ya sé que es Pepe. Viene a instalar algo en el estudio. Tengo que verme entera porque no tengo la mejor fama con él. Ya nos ha visto pelear. Me pongo los pantalones y me lavo la cara para limpiar los restos de lágrimas. Mi abdomen hierve con el peor de los cólicos que he tenido en mi vida. Le abro y le digo que Javi todavía no llega. Le ofrezco pasar y cuando se niega le digo que si gusta algo de tomar. Dice que no. En ese instante lo amo. No quiero convivir. Siento que apesto a muerte. 

A los pocos minutos llega Javier. Saluda a Pepe y lo pasa al estudio. Luego viene conmigo. Le pregunto por los Gatorades y dice que no vio el Whatsapp. Me hace un poco de piojito y se sube a trabajar. Después de un rato vuelve y le digo que tengo hambre. Hacemos cuentas y veo que ya puedo romper el ayuno. Pide algo de comer al Mr. Chuy, un restaurante chino que se ha vuelto muy nuestro. Cenamos juntos como cualquier día normal.  Me siento peor de lo que cree pero intento ser discreta para no molestarlo. A partir de ese día apesto a medicina y sangro durante cuarenta días.  Puedo oler la medicina que destila mi cuerpo y sé que el aroma no es atractivo. Huelo a viejita rancia en hospital. Supongo que para cualquiera sería incómodo pero en nuestra situación es un poco peor. No necesito que el Javi tenga más pretextos para no desearme. La sangre en cambio funciona a nuestro favor, así por lo menos durante 40 días podemos fingir que no cogemos porque nos lo prohibió el doctor. 

No pasan ni dos meses y en medio de una taquería ya estamos discutiendo si queremos tener un bebé. Luego de 40 años de negarse rotundamente a ser padre me lo pone en bandeja de plata...si lo tenemos mañana. En ese instante me doy cuenta que no quiero pasar el resto de mi vida con él. Hacemos planes para una familia que ninguno de los dos quiere tener y seguimos comiendo cochinita como si el Bicho hubiera sido un pez que amaneció flotando muerto y arrojamos al WC para al día siguiente ir a comprar otro igual. 

Para mi suerte, no pasaron ni dos semanas cuando me confesó que ya lo había pensado bien y que ser papá era lo peor que le podría pasar en la vida. Tras su confesión y mi silencioso alivio, su casa volvió a ser nuestra casa. El luto de no tener futuro fue en esa última etapa gran parte de lo que nos mantuvo juntos, hasta que algún día, seis meses después,  el dolor dejó de ser el abono del paraíso. 

 

De vuelta a la adolescencia

De cumpleaños pedí a mis amigos que donaran tiempo, ropa, juguetes, sangre, dinero o lo que quisieran. El objetivo era sencillo: llegar a mínimo 28 donaciones, o sea 28 donaciones X 28 años. Sin embargo en algún momento mi cerebro entendió mal el mensaje y de pronto parecía que la orden había sido cumplir una cuota de 28 pedas. O sea que la edad me pegó y en las últimas semanas tuve una ligera regresión a mis 18 años. La segunda adolescencia… O más bien algo así como la sexta. Hace mucho que no amanecía con ropa, dormida sobre mi cama y con la luz prendida. Low point.

La cosa de las regresiones es que uno ya no es cool. ¿A qué antros va la gente? O mejor aún, ¿a qué hora se llega? ¿Quiénes comandan las cadenas de hoy en día? ¿Hay un articulo de time Out que lo explique? Por lo visto los últimos años me la he vivido en fiestas caseras porque no tenía ni media idea de lo que hace la gente de mi edad. Si me preguntan por mi bar favorito diría que la terraza de Paulo y Emilia que además de ser el lugar más divertido del mundo es pet friendly y me queda a walking distance.

 

El reencuentro con los antros comenzó un poquito antes del cumpleaños. En el Hannah, un club de playa en Acapulco descubrí que ya soy de esas que comen en el antro. Y es que si no: gastritis. También descubrí que ya no hay término medio. O me enfiesto mucho porque sé que va a pasar mucho tiempo para que vuelva a un lugar de ese estilo o sonrío mientras en el fondo estoy preocupada por el bienestar de los menores de edad que me rodean. ¿Dónde están sus papás? ¿Así me veía yo? ¿Por qué se drogan tanto? ¿Dónde está la salida de emergencia?

Hubo otro factor que aportó a la sexta adolescencia: el retorno de Lupe. A Lupe no le gusta que le digan así, después de todo es Marigú, con “g”  y acento en la “u” (Durante años se presentaba así)  Resulta que luego de ser las mayores cómplices en la época del despertar de la calentura,  Marigú y yo dejamos de salir juntas porque: el amor. Entonces tenerla de vuelta fue como tener 16 años e ir a la Pachanga. En esa época el ritual era sencillo: nos arreglábamos escuchando RBD, sus papás nos dejaban en la puerta de la Pachanga o el Torito Willys, nos echábamos un shot de tequila y nos deseábamos suerte para ligar. Los ligues entonces también eran más sencillos: si te seguía pelando mientras proyectaban el video de Alizee es que neta le gustabas.  Dar besos tampoco era un proceso tan selectivo. Bastaba con cambiar de zona para agarrarte a otro güey o escaparte al 1080 para que los Carrasco y Jaime picharan una nueva tanda de shots. En esa época desarrollamos una pequeña filosofía. Antes de salir de casa siempre decíamos: es plan de niñas. Esa frase en realidad era nuestro código para decir: te deseo suerte para ligar. En esos tiempos lo único que importaba era besuquearte a alguien en el antro. 

En la época del desmadre vallesano,  Acapulco también era nuestro segundo hogar. Y entonces era un fin Cuerna (donde vivíamos), un fin Valle y un fin Aca. Pocas cosas eran más emocionantes que ir a Acapulco en puente. Era como un amor de verano que dura todo el año. Cris y Rafa ligando en Valle, Cris y Rafa ligando en la terraza de Clásico del Mar, Cris y Rafa en el Taizz. Cris y Rafa ya se pelearon. Ahí viene el enanito disfrazado de Superman porque alguien pidió champán... Vaya que el amor era distinto. El sexo opuesto no necesitaba ni nombre, era más fácil referirse a los ligues como trofeos: el del paliacate, el del pareo,  el amigo del tuyo, el que aporta, el midget, el narizón, el Rambo. Pero hay algo que sí se extraña: que te gustara alguien causaba emoción y no miedo. En ese entonces el mayor miedo era que te batearan del antro o que hubiera redada o que se te esponjara el pelo. 

Para bien o para mal, en la nueva adolescencia el escenario ya no es el mismo. Las crudas duran más días, no se puede faltar tan fácil al trabajo como a la escuela, la cartera reciente cada salida y ligar ya no es tan sencillo. En Tinder ya siempre están los mismos, los hombres ya no pasan por ti y si acaso te mandan un Uber. Besarte cuatro güeyes en una noche ya no tiene nada de emocionante y ahora la tragedia es que alguien te guste mucho porque: pánico. Tanto que decir frases como “me gusta tanto que voy a salir con otro al mismo tiempo para no clavarme”, comienzan a sonar lógicas en mi círculo. Salir con un Plan B como estrategia para no intensear a un Plan A o reabrir Tinder a la primera que no te contestan son prácticas comunes en la adolescencia tardía.

Pero hay cosas que no cambian. El otro día fui al Sens y queda claro que en los antros fresas la cosa siempre será igual. Cadena mamona, música pop, prepotencia por todos lados, el derroche de mal gusto. El champagne anunciado por fuegos artificiales…Hasta la música es la misma. Aunque no me quejo, tuvo lo suyo bailar la Macarena y los guaruras esperando a los pubertos en Arcos Bosques siempre me harán sentir en casa.

Otra cosa que no ha cambiado es que mis amigos y yo disfrutamos embriagarnos jugando “yo nunca, nunca”, dinámica que a estas alturas ya debería llamarse “yo siempre, siempre”. También refrendé mi teoría de que no es buena idea ir a lugares nuevos en tu cumpleaños, de hecho prohíbanme ir a un antro cuando quiera festejar algo. Algo que también permanece es que no hay mejor manera de curarte la cruda que riéndote de la cara de pájaro piedra que traen tus amigos, mientras tomas un clamato con chela. Lamentablemente tampoco ha evolucionado mi adicción al drunk texting, pero por suerte mi primo Dani permanece como el alma de la fiesta. ¿Ruleta rusa de tarjetas de crédito para ver quién paga la cuenta? Check. ¿Meter a 11 personas en un Uber? Check. Meter a 12 personas al antro de moda sin reservación? Check. 

Lo malo de la adolescencia tardía es que las crudas financieras, físicas y morales son cada vez más rudas. Los moretones por las caídas se tardan más en quitarse y la negación de ver qué tanto escribiste la noche anterior ya no funciona como método para no sentir vergüenza.  Y es que si a los 18 aplicaba el "si no me acuerdo no pasó", ahora no es tan sencillo. Eso sí, todavía hay amigos que te pichan los jochos a la salida del antro. 

El callejón donde me asaltaron


Últimamente he tenido la sensación de que estoy en medio de un cambio de ciclo personal.   Cosas que me importaban ya no me interesan, heridas que dolían ya sanaron, mis metas se ajustaron. Algo pasó que ya no traigo tanto equipaje. Quizá simplemente aprendí a empacar o asumí un poco más lo que soy.

En medio de este cambio, anoche vi a Juan Carlos Cuéllar, mi ex maestro de teatro, en cuyo taller descubrí que soy una persona infinitamente más feliz y menos histérica cuando estoy creando. Cuando no canalizo esa energía comienzo a crear conflictos en mi vida como forma de entretenerme y el resultado -obviamente- no suele ser positivo.

La razón de ver a Juan Carlos era platicar sobre montar una obra de teatro de la que luego les contaré y a la que espero vayan, pero por la naturaleza del texto comenzamos a platicar sobre los presentimientos y cómo, casi siempre, cuando no hacemos caso a nuestros instintos acabamos en situaciones poco deseadas.

Como preparación para el personaje, Juan Carlos me dejó leer un libro, ver Irreversible de Gaspar Noé y escribir dos experiencias personales. La primera experiencia se trata de algo que me sucedió la otra noche.  Estaba dormida en mi departamento cuando tuve la sensación de que alguien se acostó en mi cama, me jaló la cara y me intentó dar un beso en la boca. La sensación de su peso sobre mi colchón y su respiración fueron completamente vívidas y su energía era masculina. No, no fue una parasomnia (no “se me subió el muerto”). Eso ya me ha pasado, se siente horrible y conozco la explicación científica.  Luego de tan terrible momento y de sentir alivio de ver que nadie se había metido a mi casa, me dormí y no pasó nada, aunque según Jordi, mi amigo chamán, lo que pasó es que tuve contacto con un difunto o un chamuco. Eso yo no lo puedo asegurar pero la sensación de invasión fue apabullante. Sentir que el peligro estaba dentro de mi espacio íntimo fue espantoso.

El otro momento del que tengo que escribir la sensación es de cuando me asaltaron. La cosa fue sencilla, salí de una clase de teatro, me compré un helado, me subí a un taxi, me dio pésima vibra, me arrepentí, volví al taxi y al final sí me subí. Ya dentro del coche tuve otro aviso, el conductor eligió una ruta medio rara, lo cuestioné, su respuesta no me convenció pero no dije nada y no me bajé. El no hacerle caso a mi instinto resultó en que en un alto en Constituyentes, se subieran dos tipos al coche, me gritaran y me pidieran mis tarjetas de crédito. En esa época yo era una borrachina que perdía su cartera cada dos días así que mis tarjetas eran nuevas y no estaban activadas. Los tipos no me creían y pensaban que no les quería dar mi nip. Total que durante el tiempo que estuve presa en el taxi muchas cosas pasaron por mi mente. Como mecanismo de defensa mi cerebro dejó de preocuparse por el presente y se entretuvo lamentando que mi familia iba a tener que encontrar mi cuerpo en mal estado, abandonado en alguna calle de la ciudad. Mi olfato se volvió animal y el olor de ese instante, como entre tierra húmeda y metal, invadió todo mi cuerpo. Tiempo después ese olor sería el detonante para dos ataques de pánico.

Del asalto recuerdo todo como si hubiera sido un minuto. Me pidieron cerrar los ojos, esculcaron mis cosas, me revisaron todo el cuerpo (nunca había hecho tanto esfuerzo por no abrir las piernas), me insultaron miles de veces, me amenazaron con una pistola que sospecho no existía y me madrearon cuando intenté bajarme del coche.

Evidentemente esa fue la primera vez que alguien me pegaba a puño cerrado en la cara. En el momento la adrenalina hizo que sintiera un poco de placer aunque también me preocupé porque me hubieran roto la nariz. Sentí la sangre salir a chorros y un poco de pánico cuando me obligaron a oler un trapo mojado, aunque después descubrí que solamente querían limpiarme el rostro.  Los imbéciles que me asaltaron me regañaron por quererme bajar del coche, y me dijeron que les diera las gracias por no violarme porque con el dinero que me iban a robar se iban a ir por unas putas. Finalmente me dejaron en un callejón, me dijeron que ahí era una zona segura, que contara hasta 100 y luego pidiera ayuda.

Toqué en una casa y no me abrieron ni me quisieron prestar su teléfono. Toqué en otra casa y me ayudaron, pedí hielos y le marqué a mi mamá. Esto ya lo había contado y el punto no es revivir momentos malos. La cosa es que hoy, salí a caminar por la zona donde trabajo y tomé un camino que no suelo tomar. Pasé por una casa que siempre me ha gustado y luego, sin querer o buscándolo de forma inconsciente, me topé con el callejón donde me dejaron los asaltantes hace ya varios años. Durante mucho tiempo, la colonia había sido mi segundo hogar y en todos esos años, nunca había encontrado el callejón. Y hoy, justo un día después de que Juan Carlos me dejara de tarea recrear el momento, estaba ahí. No supe si entrar o no, pero después decidí que tenía que hacerlo. Qué mejor manera de recrear la sensación.  Caminé por el callejón e inmediatamente se me cerró la garganta. Se veía distinto de día pero la energía del miedo reapareció en un instante. Me quedé un momento para asumir la sensación y a mi mente vinieron voces. El olor, afortunadamente, no llegó. Después me fui, la sensación en la garganta persistió unas cuantas cuadras y luego llegó la necesidad de llorar aunque no cayeron las lágrimas.

La primera vez que estuve en ese callejón, algo de lo que me hacía sentir bien era que si era mi último día no importaba. Había comido con mi mejor amigo, había recibido mi primer guión de teatral, había hablado por teléfono con mi hermana y mi mamá y hasta me había comido un helado.  Ahora la sensación fue todavía mejor. Estaba ahí por gusto y con el fin de crear. No solamente era libre físicamente, sino que tenía la capacidad de atreverme a sentir profundamente sin huir de los sentimientos intensos o dejar que el miedo controlara mi conducta. Quizá eso mismo es lo que ha hecho que últimamente me sienta tan ligera: después de años de entumecimiento emocional de pronto ya no da tanto miedo sentir.