El callejón donde me asaltaron


Últimamente he tenido la sensación de que estoy en medio de un cambio de ciclo personal.   Cosas que me importaban ya no me interesan, heridas que dolían ya sanaron, mis metas se ajustaron. Algo pasó que ya no traigo tanto equipaje. Quizá simplemente aprendí a empacar o asumí un poco más lo que soy.

En medio de este cambio, anoche vi a Juan Carlos Cuéllar, mi ex maestro de teatro, en cuyo taller descubrí que soy una persona infinitamente más feliz y menos histérica cuando estoy creando. Cuando no canalizo esa energía comienzo a crear conflictos en mi vida como forma de entretenerme y el resultado -obviamente- no suele ser positivo.

La razón de ver a Juan Carlos era platicar sobre montar una obra de teatro de la que luego les contaré y a la que espero vayan, pero por la naturaleza del texto comenzamos a platicar sobre los presentimientos y cómo, casi siempre, cuando no hacemos caso a nuestros instintos acabamos en situaciones poco deseadas.

Como preparación para el personaje, Juan Carlos me dejó leer un libro, ver Irreversible de Gaspar Noé y escribir dos experiencias personales. La primera experiencia se trata de algo que me sucedió la otra noche.  Estaba dormida en mi departamento cuando tuve la sensación de que alguien se acostó en mi cama, me jaló la cara y me intentó dar un beso en la boca. La sensación de su peso sobre mi colchón y su respiración fueron completamente vívidas y su energía era masculina. No, no fue una parasomnia (no “se me subió el muerto”). Eso ya me ha pasado, se siente horrible y conozco la explicación científica.  Luego de tan terrible momento y de sentir alivio de ver que nadie se había metido a mi casa, me dormí y no pasó nada, aunque según Jordi, mi amigo chamán, lo que pasó es que tuve contacto con un difunto o un chamuco. Eso yo no lo puedo asegurar pero la sensación de invasión fue apabullante. Sentir que el peligro estaba dentro de mi espacio íntimo fue espantoso.

El otro momento del que tengo que escribir la sensación es de cuando me asaltaron. La cosa fue sencilla, salí de una clase de teatro, me compré un helado, me subí a un taxi, me dio pésima vibra, me arrepentí, volví al taxi y al final sí me subí. Ya dentro del coche tuve otro aviso, el conductor eligió una ruta medio rara, lo cuestioné, su respuesta no me convenció pero no dije nada y no me bajé. El no hacerle caso a mi instinto resultó en que en un alto en Constituyentes, se subieran dos tipos al coche, me gritaran y me pidieran mis tarjetas de crédito. En esa época yo era una borrachina que perdía su cartera cada dos días así que mis tarjetas eran nuevas y no estaban activadas. Los tipos no me creían y pensaban que no les quería dar mi nip. Total que durante el tiempo que estuve presa en el taxi muchas cosas pasaron por mi mente. Como mecanismo de defensa mi cerebro dejó de preocuparse por el presente y se entretuvo lamentando que mi familia iba a tener que encontrar mi cuerpo en mal estado, abandonado en alguna calle de la ciudad. Mi olfato se volvió animal y el olor de ese instante, como entre tierra húmeda y metal, invadió todo mi cuerpo. Tiempo después ese olor sería el detonante para dos ataques de pánico.

Del asalto recuerdo todo como si hubiera sido un minuto. Me pidieron cerrar los ojos, esculcaron mis cosas, me revisaron todo el cuerpo (nunca había hecho tanto esfuerzo por no abrir las piernas), me insultaron miles de veces, me amenazaron con una pistola que sospecho no existía y me madrearon cuando intenté bajarme del coche.

Evidentemente esa fue la primera vez que alguien me pegaba a puño cerrado en la cara. En el momento la adrenalina hizo que sintiera un poco de placer aunque también me preocupé porque me hubieran roto la nariz. Sentí la sangre salir a chorros y un poco de pánico cuando me obligaron a oler un trapo mojado, aunque después descubrí que solamente querían limpiarme el rostro.  Los imbéciles que me asaltaron me regañaron por quererme bajar del coche, y me dijeron que les diera las gracias por no violarme porque con el dinero que me iban a robar se iban a ir por unas putas. Finalmente me dejaron en un callejón, me dijeron que ahí era una zona segura, que contara hasta 100 y luego pidiera ayuda.

Toqué en una casa y no me abrieron ni me quisieron prestar su teléfono. Toqué en otra casa y me ayudaron, pedí hielos y le marqué a mi mamá. Esto ya lo había contado y el punto no es revivir momentos malos. La cosa es que hoy, salí a caminar por la zona donde trabajo y tomé un camino que no suelo tomar. Pasé por una casa que siempre me ha gustado y luego, sin querer o buscándolo de forma inconsciente, me topé con el callejón donde me dejaron los asaltantes hace ya varios años. Durante mucho tiempo, la colonia había sido mi segundo hogar y en todos esos años, nunca había encontrado el callejón. Y hoy, justo un día después de que Juan Carlos me dejara de tarea recrear el momento, estaba ahí. No supe si entrar o no, pero después decidí que tenía que hacerlo. Qué mejor manera de recrear la sensación.  Caminé por el callejón e inmediatamente se me cerró la garganta. Se veía distinto de día pero la energía del miedo reapareció en un instante. Me quedé un momento para asumir la sensación y a mi mente vinieron voces. El olor, afortunadamente, no llegó. Después me fui, la sensación en la garganta persistió unas cuantas cuadras y luego llegó la necesidad de llorar aunque no cayeron las lágrimas.

La primera vez que estuve en ese callejón, algo de lo que me hacía sentir bien era que si era mi último día no importaba. Había comido con mi mejor amigo, había recibido mi primer guión de teatral, había hablado por teléfono con mi hermana y mi mamá y hasta me había comido un helado.  Ahora la sensación fue todavía mejor. Estaba ahí por gusto y con el fin de crear. No solamente era libre físicamente, sino que tenía la capacidad de atreverme a sentir profundamente sin huir de los sentimientos intensos o dejar que el miedo controlara mi conducta. Quizá eso mismo es lo que ha hecho que últimamente me sienta tan ligera: después de años de entumecimiento emocional de pronto ya no da tanto miedo sentir.