De vuelta a la adolescencia

De cumpleaños pedí a mis amigos que donaran tiempo, ropa, juguetes, sangre, dinero o lo que quisieran. El objetivo era sencillo: llegar a mínimo 28 donaciones, o sea 28 donaciones X 28 años. Sin embargo en algún momento mi cerebro entendió mal el mensaje y de pronto parecía que la orden había sido cumplir una cuota de 28 pedas. O sea que la edad me pegó y en las últimas semanas tuve una ligera regresión a mis 18 años. La segunda adolescencia… O más bien algo así como la sexta. Hace mucho que no amanecía con ropa, dormida sobre mi cama y con la luz prendida. Low point.

La cosa de las regresiones es que uno ya no es cool. ¿A qué antros va la gente? O mejor aún, ¿a qué hora se llega? ¿Quiénes comandan las cadenas de hoy en día? ¿Hay un articulo de time Out que lo explique? Por lo visto los últimos años me la he vivido en fiestas caseras porque no tenía ni media idea de lo que hace la gente de mi edad. Si me preguntan por mi bar favorito diría que la terraza de Paulo y Emilia que además de ser el lugar más divertido del mundo es pet friendly y me queda a walking distance.

 

El reencuentro con los antros comenzó un poquito antes del cumpleaños. En el Hannah, un club de playa en Acapulco descubrí que ya soy de esas que comen en el antro. Y es que si no: gastritis. También descubrí que ya no hay término medio. O me enfiesto mucho porque sé que va a pasar mucho tiempo para que vuelva a un lugar de ese estilo o sonrío mientras en el fondo estoy preocupada por el bienestar de los menores de edad que me rodean. ¿Dónde están sus papás? ¿Así me veía yo? ¿Por qué se drogan tanto? ¿Dónde está la salida de emergencia?

Hubo otro factor que aportó a la sexta adolescencia: el retorno de Lupe. A Lupe no le gusta que le digan así, después de todo es Marigú, con “g”  y acento en la “u” (Durante años se presentaba así)  Resulta que luego de ser las mayores cómplices en la época del despertar de la calentura,  Marigú y yo dejamos de salir juntas porque: el amor. Entonces tenerla de vuelta fue como tener 16 años e ir a la Pachanga. En esa época el ritual era sencillo: nos arreglábamos escuchando RBD, sus papás nos dejaban en la puerta de la Pachanga o el Torito Willys, nos echábamos un shot de tequila y nos deseábamos suerte para ligar. Los ligues entonces también eran más sencillos: si te seguía pelando mientras proyectaban el video de Alizee es que neta le gustabas.  Dar besos tampoco era un proceso tan selectivo. Bastaba con cambiar de zona para agarrarte a otro güey o escaparte al 1080 para que los Carrasco y Jaime picharan una nueva tanda de shots. En esa época desarrollamos una pequeña filosofía. Antes de salir de casa siempre decíamos: es plan de niñas. Esa frase en realidad era nuestro código para decir: te deseo suerte para ligar. En esos tiempos lo único que importaba era besuquearte a alguien en el antro. 

En la época del desmadre vallesano,  Acapulco también era nuestro segundo hogar. Y entonces era un fin Cuerna (donde vivíamos), un fin Valle y un fin Aca. Pocas cosas eran más emocionantes que ir a Acapulco en puente. Era como un amor de verano que dura todo el año. Cris y Rafa ligando en Valle, Cris y Rafa ligando en la terraza de Clásico del Mar, Cris y Rafa en el Taizz. Cris y Rafa ya se pelearon. Ahí viene el enanito disfrazado de Superman porque alguien pidió champán... Vaya que el amor era distinto. El sexo opuesto no necesitaba ni nombre, era más fácil referirse a los ligues como trofeos: el del paliacate, el del pareo,  el amigo del tuyo, el que aporta, el midget, el narizón, el Rambo. Pero hay algo que sí se extraña: que te gustara alguien causaba emoción y no miedo. En ese entonces el mayor miedo era que te batearan del antro o que hubiera redada o que se te esponjara el pelo. 

Para bien o para mal, en la nueva adolescencia el escenario ya no es el mismo. Las crudas duran más días, no se puede faltar tan fácil al trabajo como a la escuela, la cartera reciente cada salida y ligar ya no es tan sencillo. En Tinder ya siempre están los mismos, los hombres ya no pasan por ti y si acaso te mandan un Uber. Besarte cuatro güeyes en una noche ya no tiene nada de emocionante y ahora la tragedia es que alguien te guste mucho porque: pánico. Tanto que decir frases como “me gusta tanto que voy a salir con otro al mismo tiempo para no clavarme”, comienzan a sonar lógicas en mi círculo. Salir con un Plan B como estrategia para no intensear a un Plan A o reabrir Tinder a la primera que no te contestan son prácticas comunes en la adolescencia tardía.

Pero hay cosas que no cambian. El otro día fui al Sens y queda claro que en los antros fresas la cosa siempre será igual. Cadena mamona, música pop, prepotencia por todos lados, el derroche de mal gusto. El champagne anunciado por fuegos artificiales…Hasta la música es la misma. Aunque no me quejo, tuvo lo suyo bailar la Macarena y los guaruras esperando a los pubertos en Arcos Bosques siempre me harán sentir en casa.

Otra cosa que no ha cambiado es que mis amigos y yo disfrutamos embriagarnos jugando “yo nunca, nunca”, dinámica que a estas alturas ya debería llamarse “yo siempre, siempre”. También refrendé mi teoría de que no es buena idea ir a lugares nuevos en tu cumpleaños, de hecho prohíbanme ir a un antro cuando quiera festejar algo. Algo que también permanece es que no hay mejor manera de curarte la cruda que riéndote de la cara de pájaro piedra que traen tus amigos, mientras tomas un clamato con chela. Lamentablemente tampoco ha evolucionado mi adicción al drunk texting, pero por suerte mi primo Dani permanece como el alma de la fiesta. ¿Ruleta rusa de tarjetas de crédito para ver quién paga la cuenta? Check. ¿Meter a 11 personas en un Uber? Check. Meter a 12 personas al antro de moda sin reservación? Check. 

Lo malo de la adolescencia tardía es que las crudas financieras, físicas y morales son cada vez más rudas. Los moretones por las caídas se tardan más en quitarse y la negación de ver qué tanto escribiste la noche anterior ya no funciona como método para no sentir vergüenza.  Y es que si a los 18 aplicaba el "si no me acuerdo no pasó", ahora no es tan sencillo. Eso sí, todavía hay amigos que te pichan los jochos a la salida del antro.